1968

Es el tiempo del Góndola, un terminal moderno, más pequeño y funcional que arrasó en los hogares españoles. Irrumpen, también, los contestadores automáticos... “deje su mensaje después de la señal...”

Por fin alguien puede atender el teléfono en tu ausencia

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La evolución de la red y los clientes va de la mano de los avances en los dispositivos que Telefónica instalaba en hogares y oficinas. Los últimos años 60 son los del Góndola, un teléfono muy “pop” de formas redondeadas, largo cable y típicamente rojo o color crema. Más pequeño y compacto que ninguno antes, venía, además, con la revolución de llevar el dial -la “rosca” de marcar”- inserto en el auricular. No era el único. Quedaban en el mercado modelos más vintage como el teléfono Estilo, inspirado en los modelos antiguos, o el Satai, que era básicamente un Heraldo con centralita incorporada. Pero, además, en 1968, empieza a ser posible hacerse con un nuevo aparato que, instalado junto al teléfono, es capaz de captar la llamada entrante si, transcurrido un tiempo razonable, ningún “humano” ha podido hacerlo. Llegan los primeros contestadores automáticos, los padres del contestador automático en red y abuelos del buzón de voz del móvil. Mediante un sistema de cintas, y después del consabido “biiiiip”, el llamante podía dejar grabado un mensaje para que el propietario de la línea lo escuchara a su regreso. El modelo Centinela se vendía -y anunciaba- junto con el Góndola y supuso una auténtica revolución en los hogares y oficinas. Ninguna llamada volvería a quedar sin respuesta.

Contestador Centinela

“La Telefónica necesita capital”

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En otoño de 1968 llega una nueva ampliación de capital para dar recorrido a un negocio que crece sin parar y que requiere de más y mayores inversiones. La compañía, que había tenido un éxito rotundo con sus acciones gracias a las campañas de publicidad con José Luis López-Vázquez y que ya había popularizado las ‘Matildes’, vuelve a echar mano de los anuncios para invitar al pequeño ahorrador a participar de la ampliación. “Las telefónicas suponen una inversión adecuada de su ahorro” -proclamaba la publicidad- “con la garantía de una empresa en constante expansión y la seguridad de poder convertirlas en dinero en cuanto lo desee”. La idea de poder participar como propietario en aquella compañía llena de modernidad y futuro hizo de Telefónica y sus ‘Matildes’ el vehículo favorito del pequeño ahorrador en España y la reforzó como la compañía con más accionistas minoritarios del mercado.

La Telefónica necesita capital

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